Extrañando

Me encuentro extrañando.
No a uno, pero a algunos.
Ha sido uno o lo otro,
tal vez no todo mío;
pero una mente frágil
no cree eso realmente.

El piano y los poemas son
navajas que drenan
los coágulos de mis ojos .
El precio es comprometerme más y más
a una realidad que puede
dejar de existir si la pienso.

Desaparecen sin avisar.

Pero regresan, ¿no?
Solo busco sentirme a mí mismo
en estas palabras.
En mi tumba que diga mi intento:
Lo haré mejor
Que quede como pregunta abierta,
será en otra vida quizá.

Solo hice un pétalo

Despierto en los pétalos de tus manos
¿Cómo es que será ésta la tierra?
Despierto pero debo seguir soñando
seguro obra de la complicidad o causalidad
de ciertas pastillas
Yo he bebido magia hasta
que me ha enfermado
Ahora mi lengua es arena mojada
y todo sabe como al paso del tiempo,
quizá el derrotismo nunca se ha ido,
sólo se ha aburrido de decir lo mismo,
cada palabra llama más cerca
el final del tintero, después de todo.

Mi ojo interno ciego, yo, tanteando venas
buscando el camino a mí. Sisífico para
el de bendición hecha maldición llamada
Condición de Lázaro. Quisiera ir con
los que han ido, hace vísperas,
vísperas.

Cowboy Run

La mano pegada a la palanca de cambios. El pie fundido al acelerador. Las luces entran y bañan su piel. Ahora azul, ahora rojo. El neón inunda la cabina y las pastillas flotan sobre los fotones. Un sombrero de Desperado, cabellera de Jesús y hasta la barba también. Sus ojos son pozos, sus labios están secos. Pop. Otra pastilla desliza torpe y rasgante por la garganta.

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La farmacia es blanca, lúcidamente cegadora. Apesta a hospital. Detesto los hospitales. La vendedora es realmente vieja. Nunca tengo suerte con los putos viejos. Mantén la calma, vaquero. Me paro frente a ella y meto la mano en la chamarra. ¿Dónde carajo lo dejé? Le pongo la receta frente a ella. No necesita ser un genio para saber que ya la he usado otras diez o quince veces. Arrugada, sucia; entregada en manos calavéricas y trémolas. “No creo que pueda darte esto, hijo” dice mientras su voz tiembla. Siento las pastillas dejar mi cuerpo y más importantemente mi cerebro. El dolor llega en oleadas. Es la marea que alza. Es el mar retrocediendo antes del tsunami. Él está ahí. De pie en la arena. No sé qué hacer. No tengo más. No tengo más. Los putos claxons, no puedo pensar. No puedo pensar. Lo pierdo, lo poco que tengo lo pierdo. El dolor es absoluto. Si me detuviera por un momento estaría muerto. Mis brazos explotan en este dolor, en esta miasma, en ésto. Reviento contra el aparador. Grito mientras tiro todo lo que veo. Soy un animal suelto.
Alguien deténgame, pónganme a dormir, preferentemente bajo tierra.
-¡Detente!
Sus gritos tienen más miedo que ira. Vaya que conozco el sentimiento. Pero ya estoy demasiado lejos de aquí para responder
-¡Detente! ¡Detente! ¡Llamaré a la policía!
Su mano va al teléfono. Después de todo. Después de toda la mierda que he tenido que vivir.
-¿Me vas a hacer esta mierda, anciana? ¡¿EH?! ¡Vamos! ¡Inténtalo!
Pero su mano ya está en el teléfono. Ahora sí te lo has buscado.
-¡Deja de forcejear! ¡Qué lo dejes!
-¡Suéltame! ¡Vete por favor!
Sus putos gritos, Dios, no puedo con tus putos gritos. Golpeo su cara. Mi puño se siente en fuego. Mis manos son fuego. Otro golpe. Otro. Otro. Otro. Mis manos están agarrotadas. Rápido, qué estoy pensando. ¿Dónde están mis putas pastillas? Me salto el mostrador y Vamos… Dónde están… Aquí. Era tan fácil. Saliendo de la farmacia, todo está igual. Excepto la vieja. La vieja ya no es vieja más. Su rostro es ahora un globo rojo y negro que escurre por el suelo. ¿Qué carajo he hecho? Mis piernas me abandonan. Estoy en el suelo, a lado de otra cosa que he arrebatado. Empiezo a llorar, pero no me lo puedo permitir. Una vez que abres esa puerta ya no hay manera de cerrarla.

Vomito en mi camino al estacionamiento. Las llaves ¿dónde están mis putas llaves? No… no no no no… No me digas que las tiré. No quiero regresar. No puedo regresar. Aquí… aquí están. Otras cuatro o cinco pastillas. ¿Cuántas llevo ya? ¿Cuándo empieza a pegar, carajo? Las olas siguen retrocediendo; cierro mis ojos y lo puedo ver.

Tu cara, mira, tus sandalias azules, ¿te acuerdas cuando las compramos? Hiciste un teatro en la tienda porque querías las del tiburón, aunque te venían justas y tu mami sabía que pronto te quedarían chicas. Y esa cubeta para hacer castillos, vaya, cómo te obsesionaste con la arena. Pero las pastillas ya están aquí … y el agua vuelve a descender sobre ti.

Cien kilómetros por hora. No lo siento. Todo se ha detenido para mí. Ahora tengo unas 30 pastillas, tomo otro puño. Vamos, algo para llevarme esta noche. El camino se borra un poco más, pero si sigo sobre la línea blanca, todo estará bien.

El rojo y azul aparecen a todo color. Míralos, me han puesto una barricada. Tal vez sería mejor qu- ¿Hijo?… ¿todo este tiempo estuviste ahí sentado? Mírame, vamos mírame por favor. Yo… yo nunca pensé…Vamos, tu mamá también estaba ahí…vamos hijo… por favor perdóname… Pérdoname… por favor… La marea…no lo pude haber sabido…

– Hazlo, papá.
Un manantial surge de mi rostro. Es lo único que veo en el espejo: las olas, el mar, la arena, el sol. ¿Cómo terminamos tan lejos de ahí, hijito? Pero te siento aquí. Siento tu mano en mi rodilla. Presiono el acelerador a fondo.

La muerte de Croco Roco

La vi por primera vez del otro lado de la barra de un bar. Tenía una cola de pez y rizos de oro. Era una verdadera sirena, pero esta historia no es sobre ella.

Conocí a Croco en el segundo piso de una taberna en Regina. Un viejo cocodrilo gordo y de cola parda que cantaba canciones de rock & roll con voz de madera vieja a cambio de cervezas o mezcal o realmente cualquier cosa que raspara y quemara. Un “has been”, como se dice, que escondía sus escamas bajo un sombrero de vaquero y una chamarra de cuero. La ironía no le escapaba y es que decía que “todos somos asesinos”. Era osco en su hablar, pero a mí me agradaba. Hay algo en la cruda y brutal franqueza que es tan difícil de encontrar como lo es un mismo cocodrilo y una sirena ¿Será que verdaderamente las personas del medio estamos cortado de la misma tela? Pero bueno, estoy empezando a divagar.

Un poeta, un cocodrilo y una sirena en un mismo cuarto. Era demasiado bueno para durar tanto rato. Y así fue como sucedió, en una noche de aguardiente y penumbra compartida. Reíamos porque se me había ocurrido la estupidísima pregunta de si a un ser de sangre fría también le calentaría la barriga un buen trago. Pero su risa se detuvo y sus ojos se fijaron atrás de mí. Él siempre estaba en el mismo lugar, de espalda contra la esquina, decía, para que nadie lo sorprendiera.

Mire sobre mi hombro y mis sospechas eran ciertas. Al fin nos habían encontrado los cazadores. Fue la primera vez que lo vi levantarse. La mesa y las sillas salieron volando mientras las vigas empezaban a crujir por los seis metros y  novecientos kilos de carne prehistórica  que se incorporaban. Todo terminaría pronto ya.

Meses después me encontraba en una taberna de Regina, sentado contra una esquina, un poeta “never been” que nunca se echó a nadar al mundo. Escuchando conversaciones ajenas me enteré de que habían cazado a una sirena por las alcantarillas de Chapultepec, una sirena de cabello de oro rizado y escamas como la jade. Me pedí una botella de aguardiente con mi dinero de creador de cartas de felicitación. Me regalé una risa y pregunté si alguna vez el alcohol podría volver a calentar la sangre que se mueve por mis venas.

Del árbol

Dime joven, ¿qué buscas del árbol?
¿Es el obscuro refugio
que el arabesco verde ha dejado
sobre el suelo?
¿O el rumorante canto de las ramas
y las hojas
que cambian con el aire?
¿Serán las ninfas del viento
y sus vestidos blancos
que bailan
sobre la desbordante
copa del follaje?
Porque no lo encontrarás aquí.
O eso iba a decir, pero
fuieste rápido con el sueño
y ahora duermes recargado en mí.
Aquí, con las ninfas y las ramas
que se mecen al susurro del viento,
aquí bajo mi refugio de penumbra
aceitunada y de cetrino.
Agrego mi susurro al del viento
y te digo
lo has encontrado.

Arcadia

La emisora emite pero las frecuencias
caen a tierra seca, jamás escuchadas.
El consuelo será borrar mi contorno
acostado con un sol de invierno.
Veamonos antes de Arcadia.

Encuentrame donde la amapola quema,
esperando despertar a una realidad
que ningún sueño podrá igualar.
Un hecho silencioso
dejará trastornada mi vida
para siempre.

Como todo lo divino, sutil e inmaculado.
Encuentrame donde las notas de piano
declaman tu advenimiento.

Ya desde ahora te regalo mis letras,
amado salto de fe. ¡Aleluya! Cielo en tierra;
vida en los jardines del Nirvana;
me esperan. Yo sé, yo sé…

MP #7

Dale play al día y ahí viene la vista;
manos atadas
escondidas del encendedor;
nueva cita con el despertador;
nuevo mensaje en el contestador;
pasa del vestidor a las visitas y es
otra estadía como siempre.
La vista se hace gris y las horas
se van de una a una .  Que las jodan,
El pájaro vuela y yo igual aquí abajo.
Suela, suela, suela
y de regreso para un ajo con aceites.
(son drogas)
rezando a Benito Veinte que la quincena viene
(son drogas)
Bueno, no viene. Olvida lo que sientes;
llora sobre el piano; más suerte el otro año.
Enójate. Dile a Dios soy el pobre dando pan
sabiendo que mientes. Suerte soñando
mala despertando. No encuentras el control
pero si canas entre castaños. Mal augurio.
Escribe un poema y vuelve a dormir.
recuerda al huracán cuando vuele que
no tienes porqué sufrir.